Permanece en
silencio, solitario,
en mitad de la plaza
como un pájaro olvidado
o quizás como una
nube amaestrada
por vientos
tramontanos.
No es ni sombra ni
cobijo
de pájaros urbanos.
No es, apenas,
el pudor de la
tierra
izándose desde la
tierra misma
hacia los cielos.
Es, tan sólo,
un árbol ciudadano
bajo de mi ventana,
más próximo al cemento
que a las grandes
praderas
donde están sus
hermanos
asentados.
Tiene la
palidez
de un empleado de
banco y la turbia
timidez de los
abandonados. Tan sólo
cuando pierde las
hojas
recuerdo que es un
árbol y lo amo.
José Antonio Labordeta