El retorno de los bárbaros




 

Cuando
los bárbaros ganan, fundan un imperio tan insoportable como irreversible

 

El Pont de les Peixateries es el único superviviente de los
numerosos puentes de hierro construidos en Girona por la empresa del ingeniero
de la torre Eiffel. Desde su curiosa trama férrea, los turistas obtienen hoy
las más vistosas fotografías la ciudad antigua. Pero en tiempos no tan lejanos,
desde este mismo puente, podía observarse una chusca costumbre de la que yo fui
todavía testigo en los años ochenta.

Atravesando
el puente al atardecer y contemplando como el cielo que rodea la mole plateada
de la catedral cambiaba el color azul rosado por el de un fascinante azul
jeans, era normal oír una extraña música de fondo. No eran violines ni
trompetas, sino burdas onomatopeyas: chof, chof, chof. Algunos residentes en
las casas del Onyar (hoy apreciadas como un eco de las fachadas del florentino
Ponte Vecchio) tiraban las bolsas de basuras al agua. Chof, chof, chof. En
pleno centro burgués de la ciudad, cuando ya el sistema de recogida de basuras
llevaba décadas funcionando, no era extraño observar a un vecino gandul tirando
sus desperdicios directamente al Onyar. De esto hace algo más de una
generación. Apenas treinta años. En todos los pueblos y ciudades pasaba, si no
exactamente eso, algo parecido. El espacio público carecía de importancia
simbólica. Podía ser ensuciado y profanado sin pudor.

Con la democracia, junto con las grandes inversiones (y la subida de los
impuestos), el espacio público ganó prestigio y veneración: jardines,
hospitales, plazas o palacios fueron construidos o remozados. Y respetados. El
bien público era el mayor bien. De repente, ha dejado de serlo. Ayer mismo el
lector José M. Espinosa se quejaba de los vándalos que, ante la indiferencia
municipal, orinan, ensucian, trafican y desprecian con sus juergas el descanso
de los vecinos de la barcelonesa calle Almogàvers. El caso se repite en todas
partes. En Camprodon existe un precioso prado público, situado entre un
riachuelo, el club de golf y unas casas apareadas. Los jardineros municipales
lo cuidan con primor, pero cada tarde, los jóvenes que se reúnen allí lo dejan
perdido de latas, cáscaras de pipas, bolsas y papeles. Lo mismo sucede en las
playas nocturnas de todo país. ¡Y son playas del más alto valor social y
económico!

Suciedad, griterío y falta de consideración dominan el espacio público. ¿Por
qué ha durado tan poco el respeto por la propiedad del común? La corrupción y
la agresividad políticas, la educación roussoniana, la cultura de la
transgresión (¡subvencionada!), los padres que no saben decir no, la democracia
que mima a los ciudadanos y un concepto antinormativo de la libertad son los
principales factores que explican el breve reinado de lo público. La cuestión
no es trivial, sino de vida o muerte. Cuando los bárbaros ganan, fundan un
imperio tan insoportable como irreversible.

 

Antoni Puigverd, a la Vanguardia Digital
de 28/08/2010