El ciudadano en su pecera




Si
un líder propusiera hoy como Churchill, sangre, sudor y lágrimas, acabaría en
el basurero por cenizo

El
barómetro del CIS, decíamos ayer, revela que la ciudadanía otorga un suspenso
general a todos los líderes políticos. El examen de la opinión pública es
severísimo y sin excepciones. Ningún político se salva del insuficiente. Un
bofetón tan indiscriminado y transversal revela, como mínimo, dos
comportamientos. Citemos, en primer lugar, el más obvio: los políticos no están
a la altura. Complican los problemas, enconan las divisiones, actúan siempre de
acuerdo con el interés gremial y de partido, y habitan en un mundo aparte, con
sueldos y coches oficiales, lejos de las preocupaciones de los que van a pie.
Pero el suspenso general de los políticos también podría revelar otro
comportamiento que casi nunca aparece en los comentarios periodísticos: la
intemperancia de la ciudadanía, su incapacidad para hacerse cargo de la
complejidad de la vida social, especialmente en tiempos de crisis.

La
democracia tiene dos funciones: representar, por un lado, mediante los
partidos, a sectores sociales y territoriales con intereses contrapuestos; y,
de otro, delegar a las mayorías la gestión del común. Ciertamente, es una falta
muy grave, imputable a la clase política, anteponer el interés del instrumento
(el partido) al sector social representado. Pero, siendo este mal enorme, hay
que tener claro que, si este mal no existiera, si los partidos respondieran
mejor a sus bases sociales o territoriales, la política sería todavía más
problemática, enconada y sectaria.

Doy por hecho –lo repito– que los políticos no están a la altura. ¿Pero los
ciudadanos lo están? Para satisfacer las exigencias de los ciudadanos, para
resolver los problemas de un mundo que se ha complicado hasta extremos
delirantes, el político debería ser, primero, un Deus ex machina. Un Superman
caído del cielo que resolviera en un periquete los problemas generales. Y a la
vez, un ángel de la guarda, un criado silencioso y reverencial, que resolviera
todas nuestras inquietudes, riesgos, necesidades y apetencias. La visión del
político como criado ("¡Por algo pago mis impuestos!") y como chivo
expiatorio es propia de la era del consumo. Pagar, usar y tirar.

El peor error de los dirigentes políticos es dirigirse a la gente como si
fueran niños: prometerles la luna. Prometer un mundo de colorines ha malcriado
a la ciudadanía. Y, sin embargo, si un líder propusiera hoy, como hizo en su
día Churchill, sangre, sudor y lágrimas, lo tirarían directamente al basurero
por cenizo. No es fácil hacer política en una sociedad que se disgrega en
millones de pedazos: cada ciudadano está encerrado en su pecera. La tentación
de la inocencia crece en las peceras. En las modernas sociedades democráticas,
nadie quiere saber nada de los aspectos negativos de la existencia; y menos de
aquellos en los que uno podría tener cierta responsabilidad.

 

Antoni Puigverd, La Vanguardia Digital
de 07/08/2010